LENGUAJE PERVERSO I El eufemismo

No llamar a las cosas por su nombre es el nuevo deporte transnacional de las sociedades posmodernas. Un deporte de riesgo que está transformando sin darnos cuenta nuestra visión del mundo y la capacidad de transformarlo.

Los eufemismos pululan en el ambiente, se enquistan en las neuronas y endulzan como la sacarina las realidades que nos inquietan.  Son las piezas de un lenguaje perverso que construye un mundo que no alimenta. El al pan pan y al vino vino parece ya un eco del pasado.

Cuando por arte de alquimia la “crisis” se transmuta en “desaceleración”, la “clase obrera” en “clase media” y el “rescate bancario” en “ayuda europea”, en esta dieta algo está fallando.

George Steiner, tenía razón. El lenguaje funciona al contrario de lo que pensamos. No nombramos lo que existe, sino que hacemos existir lo que nombramos. El eufemismo cotidiano es el lag que separa los límites entre la realidad que nos pertenece y la ficción que nos es impuesta, y que por supuesto, queremos creernos.

En estos tiempos inciertos en los que un paso en falso nos puede arrojar a los márgenes del sistema, los eufemismos nos hacen sentir seguros. Son como el cinturón ante el choque inminente. Sabemos que la ostia nos la vamos a dar, pero más valen tres costillas rotas que la crisma descompuesta. Ponernos el cinturón no evitará que el socavón en la carretera se arregle por arte de magia.

“Emprender” está de moda, es cool, pero es el búscate la vida de un mercado laboral que desecha a los mayores de 45 por viejos y a los menores de 25 por inexpertos. Nadie quiere ser un pringado que trabaja gratis o un parado de larga duración, prefiere ser emprendedor, aunque no facture ni para un paquete de pipas.

“El preso político” es el condenado a no ser libre por pensar diferente. Las leyes de rasero indeterminado justifican el origen del mal de males: su “comportamiento antidemocrático”.

La “corrupción” es robo, hurto, estafa, fraude, desfalco, saqueo y pillaje. Los “corrupt@s” de las altas esferas son simple y llanamente,  ladrones. Sin afán de insultar. Lo sano es darle al significante su justo significado, aunque duela, porque las urnas les invocaron en nuestro nombre para representarnos.

Qué bello es el lenguaje confortable que no llega ni a los 37 grados.

El “a qué huelen las cosas que no huelen” está más presente que nunca. Preferimos ser políticamente correctos antes que señalar la mierda y decir ¡esto huele mal, pero que muy mal!

Estamos en medio del cieno, y lo sabemos, pero a nadie le gusta apestar. Es mejor camuflar el truño bajo un ramo de margaritas de plástico.

Pon en cuarentena al eufemismo, o el eufemismo te pondrá en cuarentena.

Eufemismo

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POSVERDAD. Es el tiempo de los cómos, no de los porqués

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Este tiempo que vivimos es confuso. Tenemos la mente bilocada. Estamos aquí y allá de forma simultánea. Somos materia y somos bits. Somos y no somos a un mismo tiempo. Vivimos en el espacio de la comunicación digital multipantalla. Nuestra mente transita de forma transversal a través de decenas, centenares de espacios de comunicación geográficamente dispersos. La vida en estos términos se torna un laberinto. Desconocemos cuál fue el punto de partida, en qué punto nos encontramos y hacia dónde hemos de dirigirnos.

Este tiempo que vivimos es el reino de la POSVERDAD, un espacio interdimensional construido a través de espacios de socialización que controlan las élites simbólicas. Pervierten el lenguaje y las relaciones humanas, construyen estructuras mentales que alimentan a unos pocos y merman la capacidad de sentido crítico de las grandes masas. Porque para ellos somos masa, no sujetos. Seguirles el juego es perder la partida ya desde el inicio, siempre a costa de nuestra propia entidad, lo único que no podrían arrebatarnos. Nuestro cerebro da para más, la vida no es un juego que debamos dejar en manos de quien quiere esclavizarnos.

En muy contadas ocasiones tenemos la suerte de encontrar a personas que juegan su propio juego, que piensan en gris y no en blanco o en negro. Personas que no se dejan llevar por las opiniones polarizadas e irracionales de la masa y que conservan la capacidad de discurrir más allá del próximo y deseado lanzamiento de nuevo IPhone al mercado.

La teoría sociológica las denomina “desviad@s”, yo prefiero poner en valor su existencia y referirme a ellas como “supervivientes de la POSVERDAD”.

La POSVERDAD es una maquinaria perversa que lobotomiza a las mentes y activa opiniones ajenas e infundadas sobre todo lo existente. Sobre el bien y sobre el mal, sobre el terrorismo en cualquiera de sus vertientes, Cataluña, el cambio climático, la democracia, las elecciones, las relaciones familiares, el mundo-trabajo, el mundo-consumo, la educación, la libertad de expresión… Insisto, sobre todo lo existente.

Ser un “superviviente de la POSVERDAD” es un deporte de alto riesgo que implica centrar la atención en los cómos y no en los porqués.

¿Por qué estamos viviendo estos tiempos tan inciertos, tan confusos, tan existencialistas?

Los “supervivientes de la POSVERDAD” rascan sobre la superficie de las apariencias, cuestionan los cómos. El parásito de la ceguera muere en ellos todos los días y como el Ave Fénix, en ellos resurge la luz de la consciencia:

  • Cómo vemos el mundo: como un espacio bipolar, en el que solo existen el blanco y el negro, sin degradados.
  • Cómo educamos: como en una fábrica, creamos autómatas, seres funcionales no-pensantes.
  • Cómo nos relacionamos: desde un enfoque utilitarista, “yo te sirvo en la medida en que tu me sirves para alcanzar mis objetivos o cubrir mis carencias.”
  • Cómo nos expresamos: aplicamos de forma implacable la autocensura para no ser censurados.
  • Cómo amamos: desconfiamos del amor bajo la creencia de que nos convierte en seres desnudos y vulnerables…

Hay infinitos cómos que dan cuenta del origen de los porqués.

Cuando aceptas que los gobiernos hagan negocio de la muerte y que los más débiles del sistema sean desahuciados de forma injusta. Cuando interiorizas los eufemismos del lenguaje político y normalizas la autocensura. Cuando navegas a través del miedo, callas ante las injusticias y apedreas sin piedad al enemigo infundado.

Cuando no abordas los cómos, tu mente se limita a la fotosíntesis eterna engullida por una masa que respira, come y excreta en sociedades enfermas obsesionadas por los porqués de los males que las acucian.

Por qué, por qué, por qué…

Los porqués no son la causa, son el producto de la consecuencia de los cómo no reflexionados. Ninguna sociedad ha desembarcado en la catástrofe sin haber transitado a ojos cerrados a través de un océano de cómos sin resolver.

Aún estamos a tiempo. Quizá.

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