Autocensura: la censura del S.XXI

La autocensura es como el virus del ébola, un mal moderno que se transmite no se sabe cómo y provoca irreversibles hemorragias intelectuales.

¿Existió la libertad de expresión alguna vez en la Historia? Definitivamente no desde el mismo instante en el que las sociedades humanas basaron su razón de ser en estructuras políticas, económicas y culturales de poder y dominación. Desde ese mismo instante la premisa “libertad de expresión” sufrió una bilocación, se fragmentó en dos conceptos divergentes, “libertad” y “expresión”, y en conjunto perdió su esencia.

Detalle-La-muerte-de-socrates

La muerte de Sócrates (detalle), Jacques-Louis David. 1787

Ya en la Antigüedad, esta premisa de significante sin significado, fue reivindicada por el orador griego Demóstenes (S. IV), que consideró la “privación de la libertad de la palabra” como la peor de las calamidades para el pueblo. Valiente se mostró Demóstenes, a pesar de la aleccionadora cicuta socrática. No tan intrépido fue Platón, que como estandarte de la censura sentenció que “el poeta no debía componer nada contrario a las ideas de lo legal, de lo justo, lo bello o lo bueno admitidas en el Estado.”  Desconocemos si bajo la impoluta toga de Platón apretaba algo más que el hambre. No era cuestión de jugarse las partes blandas, ni por supuesto, la vida.

Mientras se pudría en San Casciano in Val di Pesa acusado de conspirar contra los Médici, en el siglo XV Nicolás Maquivelo escribe El Príncipe. Maquiavélico, fiel a sí mismo, legó a la posteridad un binomio vinculante:  más le valía al poderoso ser temido que amado y por ende, más le valía al pueblo hablar de él “con reserva y respeto”. Tanto el poderoso como el pueblo tomaron nota. Inteligente, Maquiavelo falleció antes de la publicación de su obra, previniendo así su prematuro e impuesto cultivo de malvas.

Tres siglos después estalla la Revolución en el corazón de Europa. El año 1789 alumbra a la República Francesa asociada al hoy manido eslogan “¡Libertad, igualdad, fraternidad o la muerte!”. Puro Marketing dieciochesco. De escasa libertad, igualdad y fraternidad disfrutaban los esclavos de las colonias francesas, las mujeres y los hombres carentes de riqueza, a los que el sistema electoral censitario excluía impunemente. Para ellos se reservaba el colofón del lema: la muerte como sujeto social. Como todos los eslóganes, la comprensión de su mensaje oculto es directamente proporcional a la inversión de su significado: “¡Esclavitud, desigualdad, hostilidad o la muerte!”. El final no es susceptible de modificación. Es preciso y certero.

LA CENSURA DE PRENSA EN EL FRANQUISMO JUSTINO SINOVA-2

La censura de prensa durante el franquismo. Justino Sinova

El reguero de un cuarto de millón de muertos que deja tras de sí la Guerra Civil española, en la tiniebla esquizofrénica de la conspiración judeomasónica-comunista-internacional, la férrea aunque no inexpugnable censura convirtió a la libertad de expresión en una causa por la que luchar. De frente desde el exterior y de soslayo al sur de los Pirineos, se puso a prueba la creatividad y la capacidad de resistencia de periodistas, escritores y artistas. Ávidos de hallar grietas en el sistema, escudriñaron las debilidades de los Torquemadas del momento para filtrar retazos de librepensamiento disfrazados de inocencia. Un ejemplo paradigmático es El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio y su pasaje de la tortilla, en la que los personajes nunca llegan a decidir si prefieren la tortilla con o sin cebolla. Sanchez Ferlosio se mancha las manos de tinta para describir a la juventud anodina de los 50, sin rumbo y sin bemoles, incapaz de echarle cebolla a la tortilla para derrocar al régimen franquista. Fue necesario esperar 25 años más para que algo sucediera. El dictador falleció de muerte natural, y tampoco hubo cebolla, sino un sucedáneo de laboratorio con fallido sabor a revolución llamado Transición.

Aun hoy anclados en la condena del Régimen del 78, el anquilosado Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, define el término “librepensamiento” como ·“doctrina que reclama para la razón individual independencia absoluta de todo criterio sobrenatural”. En sí misma esta definición es paradigmática de la contemporánea y tácita censura, y se olvida sumar al criterio “sobrenatural” el de “político” y “mercantil”.

bipopolitica

“Neoliberalismo y Biopolitica”, M4, septiembre 2010

El mundo democracia ha transmutado la censura formal en autocensura gracias a la políticamente correcta e invisible biopolítica, que neutraliza desde la raíz el origen del riesgo. Los hijos de la hiperconectada metrópolis intuimos que la coherencia entre pensamiento, acto y expresión, es una tendencia que actúa en contra de la supervivencia. Es punible quejarse de la falta de libertad en un contexto de “absoluta” libertad de expresión que, paradójicamente, se da por hecha como derecho inalienable sin ser posible practicarla de hecho.

Sobre las palabras deciden los mercados, es el flujo de capitales aquello que objetiva la bondad o maldad de la expresión de nuestros pensamientos. Las palabras son hoy una mercancía, y como tales, no se crean para satisfacer una demanda, sino que ésta es creada con antelación, dando a luz necesidades artificiales, para después colocar la oferta. La sociedad de masas moldea individuos sordos incapaces de interpretar la oferta de los librepensadores. Sólo somos libres de escuchar y expresar en la medida en que no pongamos en riesgo el puesto de trabajo y la letra de la hipoteca.

Refiriéndose a su teoría del concepto de compromiso, Sartre escribió que “Cualesquiera que sean las circunstancias, en cualquier lugar que sea, un hombre es siempre libre de elegir si será un traidor o no”. Sin duda la autocensura es una traición para la propia conciencia, de efectos mucho más perniciosos que la censura formal del pasado. Traicionarse a uno mismo, no sólo es susceptible de condena sino también de prohibición.

Dedicado a R. D. S.

 Fuentes bibliográficas:

– DEMÓSTENES (2004): Discursos.

– FOUCAULT, M (2009): Nacimiento de la biopolítica. Curso del College de France.

– HOBSBAWN (2000): Historia del siglo XX.

– MAQUIAVELO, N. (2012): El Príncipe. Comentado por Napoleón Bonaparte.

– PLATÓN (1871): Obras completas. 

– SÁNCHEZ FERLOSIO, R. (2002): El Jarama. Premio Nadal 1955.

– SARTRE, J.P. (1970): El miedo a la revolución.

– SINOVA, J. (1989): La censura de prensa durante el franquismo.

Anuncios